Salud edáfica o como administrar de manera inteligente el suelo

Los suelos saludables son un lugar donde conviven una amplia variedad de microorganismos que proporcionan infinidad de servicios necesarios para la producción agrícola y ganadera. Muchos de ellos contribuyen a la formación del suelo ya que participan en la degradación de la materia orgánica y en los ciclos de diferentes elementos como el carbono, nitrógeno, oxígeno, azufre, fósforo o hierro, entre otros. Algunos de ellos son capaces de asociarse a las raíces de las plantas, influyendo en su crecimiento, desarrollo y productividad. Unos pocos de ellos facilitan el acceso de las plantas a ciertos nutrientes esenciales, las defienden del ataque de microorganismos patógenos presentes en el suelo o, incluso, las ayudan a defenderse o a curarse del ataque de diferentes plagas

La Salud Edáfica es aquel estado físico, químico y biológico del suelo que permite la expresión del máximo potencial productivo y reproductivo de la comunidad biológica que vive en su interior o sobre él, además de proporcionar servicios adicionales en cuanto a recuperación y almacenamiento de nutrientes esenciales para la fauna y flora del suelo; retención, depuración y almacenamiento de agua; control de plagas y enfermedades o prevención de la contaminación.

Un suelo saludable es esencial para una buena cosecha, manteniendo los nutrientes que necesitan las plantas y una estructura que las sostiene firmes y derechas. Una buena estructura del suelo asegura el aire y el agua que precisan las raíces de las plantas, además de favorecer el drenaje del exceso de agua. El suelo es el hábitat de innumerables seres vivos y la mayor parte de la biomasa viva del planeta se encuentra en su interior.

Los beneficios de un suelo saludable no solo son para los cultivos, sino que también es esencial para la buena crianza del ganado. Una comunidad biológica fuerte y vigorosa recicla de manera rápida y eficaz los residuos ganaderos, transformándolos en nutrientes accesibles para las plantas, mejorando la estructura del suelo y favoreciendo el crecimiento del pasto.

El control de la propagación de plagas y enfermedades es otro de los servicios que proporciona un suelo saludable. Esta demostrado que un buen estado fisiológico de las plantas afecta a las estrategias de reproducción de los insectos herbívoros, especialmente en lo que se refiere a su tasa de reproducción, fecundidad, tamaño de los huevos y selección del área de oviposición. La buena calidad de los alimentos que consume el ganado es fundamental para asegurar un mayor bienestar animal, una mejor calidad de los productos que de ellos se derivan y tiene un importante efecto beneficioso respecto de la incidencia y las consecuencias de muchas plagas y enfermedades que les afectan.

En muchos casos, los suelos saludables mejoran la limpieza, depuración y almacenamiento del agua. La infiltración de agua hacia capas más profundas de suelo se ve favorecida por la reducción de la densidad del suelo y el aumento de su porosidad (mayor tamaño promedio y número de poros) consecuencia de la actividad biológica. La reducción de la erosión y el arrastre de partículas mejora la calidad e higiene de las aguas superficiales. Además, actúa como un autentico sistema de filtración que evita que muchos contaminantes, tanto orgánicos como inorgánicos, puedan llegar hasta las aguas superficiales o los acuíferos subterráneos.

Evidentemente, los seres humanos somos usuarios del suelo, tanto para nuestros cultivos, ganado o industria como para otros usos del territorio (infraestructuras, viviendas, ocio, …). Todo ese suelo que utilizamos, en demasiadas ocasiones, no es bien administrado, se pierde o, simplemente, deja de proporcionarnos los beneficios y servicios mencionados anteriormente. Cuando esto es así, el suelo no se encuentra en buen estado de salud y comienza a degradarse o enfermar, más o menos rápidamente, hasta que nos damos cuenta de que la productividad agraria y ganadera disminuye, se necesitan mayores aportaciones de fertilizantes, fitosanitarios, zoosanitarios y plaguicidas y, lo que es peor, se incrementan los costes de producción que hacen menos accesibles los alimentos para quien los necesita.

CLASIFICACIÓN DE LOS SUELOS EN FUNCIÓN DE SU ESTADO DE SALUD EDÁFICA.

Una conclusión obvia sobre la Salud Edáfica es que se trata de un rasgo distintivo de los suelos que se debe proteger, mantener y potenciar. ¿Cómo lo hacemos? ¿De qué herramientas y conocimientos disponemos? ¿Para qué lo hacemos? ¿Qué debemos hacer para protegerla, preservarla o potenciarla?

En una misma zona climática es posible encontrar diferentes tipos de suelos en función de su composición fisicoquímica, textura, estructura o comunidad biológica. Algunos de estos suelos pueden tener una salud edáfica adecuada o suficiente y otros pueden encontrarse en diferentes etapas de degradación, deterioro o enfermedad. Y todo ello, muy influido por el uso y gestión que los seres humanos hagamos de ellos, incluso aunque “aparentemente” no hagamos nada.

Para poder clasificar los suelos conforme a su estado de salud y con independencia de su uso, incluiremos los suelos en las siguientes categorías:

  1. Saludables (o sanos).
  2. Enfermos
  3. Degradados
    1. Estables
    2. Recuperables
    3. Irrecuperables.
  4. Mejorados

Los suelos saludables se distinguen del resto de suelos porque presentan las siguientes características distintivas:

  1. Contienen los nutrientes necesarios para el crecimiento y desarrollo de la fauna y flora asociada al suelo.
  2. Conservan una textura y una estructura que sirven como soporte adecuado a las plantas adaptadas al ecosistema.
  3. Permiten acumular la cantidad necesaria y suficiente de agua y aire para las raíces de las plantas.
  4. Facilitan la instalación y propagación de una comunidad biológica que ayuda a controlar la propagación de plagas y enfermedades que afectan plantas y animales.
  5. Favorecen la depuración e/o infiltración del agua que va a parar a otras masas de agua (superficiales y/o subterráneas)

La participación de cada uno de estos factores va a depender, sobre todo, del clima. Aspectos clave para la fertilidad del suelo como pueden ser la Capacidad de Intercambio Catiónico (CIC), Capacidad de Campo (CC) o capacidad de depuración (CD), dependen en gran medida del contenido de materia orgánica y de una comunidad biológica asociada, activa y equilibrada.

La salud y la aptitud para la agricultura y ganadería son dos cualidades que no tienen por qué ser concurrentes en un mismo tipo de suelo. Puede existir un suelo saludable, como ocurre con algunos tipos de suelos de bosques tropicales vírgenes, de escasa aptitud agrícola o ganadera debido a que un cambio en su uso implica un cambio en las condiciones que mantienen saludable el suelo. Por el contrario, un suelo degradado o enfermo puede evolucionar a un suelo saludable si se cambia su uso o, simplemente, se devuelve al medio natural.

Los suelos enfermos son todos aquellos en los que una o varias de las condiciones que definen a los suelos saludables, no se cumplen. Estableciendo como marco de referencia a un suelo saludable con unas determinadas características físicas, químicas, biológicas y climáticas, es fácil definir el grado de “enfermedad” de este tipo de suelos e, incluso, que enfermedad concreta padecen. Por ejemplo, un suelo puede estar enfermo simplemente porque esta contaminado por una sustancia tóxica o un microorganismo patógeno. Desde el punto de vista agrario, si se trata de un agente fisicoquímico que, por exceso o por defecto, produce síntomas de una enfermedad, estaríamos hablando de una Fisiopatía, mientras que si se trata de un agente biológico estaríamos frente a una plaga o enfermedad.

Una tercera categoría se corresponde con los suelos degradados. Este tipo de suelos se diferencia de los suelos enfermos en que el agente causante de la degradación ya se encontraba presente en el suelo y no procede de fuentes ajenas al propio suelo. Por ejemplo, un suelo con alto contenido de sales, como el que se puede encontrar en una marisma próxima a la desembocadura de un rio, es un tipo de suelo degradado. Sin embargo, aunque el suelo de la marisma se encuentre degradado eso no quiere decir, necesariamente, que no pueda evolucionar hacia un buen estado de salud ya que la tecnología, el trabajo y el tiempo podría regenerar el suelo hasta llegar a ser un suelo saludable.

Por otra parte, los suelos degradados se pueden clasificar, atendiendo a su posible evolución futura, en suelos degradados estables, recuperables o irrecuperables.

Los suelos degradados estables son aquellos que no evolucionan o no tienen posibilidad de evolucionar a corto plazo hacia otro grado de salud o de enfermedad (por algún tipo de deficiencia). Por ejemplo, el suelo de una marisma natural sin intervención humana puede conservar un determinado grado de degradación durante mucho tiempo, sin que afecte a su estado de salud o enfermedad.

Cuando un suelo degradado puede ser intervenido por el ser humano para tratar de recuperar su uso, estaríamos ante un suelo recuperable y en caso contrario, estaríamos ante un suelo irrecuperable. La estrategia habitual para recuperar un suelo degradado suele ser la aportación de enmiendas de tipo físico, químico o biológico con efectos sobre la textura y, sobre todo, la estructura del suelo. Un suelo con problemas de salinidad como consecuencia de un deficiente manejo del riego, puede ser recuperable en muchos casos si se aplican cantidades suficientes de agentes dispersantes (yeso), materia orgánica y agua de buena calidad (baja salinidad). Un suelo contaminado por un determinado agente (físico, químico o biológico) puede ser neutralizado o eliminado mediante la aportación al suelo de otro tipo de agentes antagonistas, limpiadores, bloqueantes, etc. En cualquier caso, la posibilidad de recuperar un suelo depende en gran medida de varios factores:

  1. La viabilidad económica de la recuperación.
  2. La capacidad de mejora de la “Higiene” del agroecosistema.
  3. Los posibles efectos perjudiciales o negativos sobre áreas próximas o sobre el conjunto del ecosistema o área de influencia.

Finalmente, se encuentra la categoría de los suelos mejorados. Son suelos creados de manera intencionada por el ser humano que no existen de manera natural y que se obtienen a partir de suelos vírgenes de escasa productividad o bien de suelos enfermos o degradados que no producen lo suficiente como para satisfacer las necesidades humanas. La tecnología y el tiempo son los dos factores clave para conseguir este tipo de suelos saludables. En muchos casos, la sostenibilidad del agroecosistema es una consecuencia posible derivada de la creación de este tipo de suelos.

Como ejemplo de suelo saludable mejorado disponemos de los suelos tipo “terra preta do indio” (tierra negra del indio) que aparecen en amplias zonas de la cuenca del rio Amazonas, aunque también se han descrito suelos de características similares en algunas zonas de África, Asia y América.

Los suelos “terra preta” contienen una comunidad biológica amplia y diversa (mayor que la de los suelos no mejorados circundantes) asociada al suelo (hongos, bacterias, lombrices, …), una capacidad de intercambio catiónico (CIC) elevada, producen de manera continuada durante muchos ciclos de cultivo y dificultan, ralentizan o, incluso, evitan la aparición de muchas fisiopatías, plagas y enfermedades. Desafortunadamente, no se sabe a ciencia cierta como se crearon este tipo de suelos, aunque hay un amplio consenso respecto al importante papel de un elevado contenido de carbono en el suelo derivado de enmiendas con carbón obtenido de pirolisis (combustión con bajo contenido de oxígeno). En una próxima entrada del blog veremos una propuesta para crear este tipo de suelos y que características hacen que puedan ser sostenibles.

CONCLUSIONES.

  • La caracterización de un suelo como saludable puede ser una herramienta más para detectar o crear agroecosistemas sostenibles.
  • La comunidad biológica asociada al suelo tiene un papel muy importante en la recuperación y reciclaje de los nutrientes que las plantas o los cultivos necesitan, además de proporcionar, en algunos casos, servicios de protección frente a fisiopatías, plagas o enfermedades.
  • La enfermedad o degradación de un suelo son conceptos diferenciados que en algunos casos pueden estar relacionados
  • La salud edáfica depende del uso que se haga del suelo, independientemente de si es utilizado por el ser humano o por la fauna y flora silvestre.
  • La recuperación de suelos degradados o enfermos depende de factores económicos, higiénicos y que afecten al entorno
  • Es posible realizar una mejora del suelo para atender a las crecientes necesidades del ser humano en un planeta con recursos limitados, aunque solo será sostenible si el suelo resultante tiene las características de un suelo saludable

Salud Vegetal: Prevención, mantenimiento y gestion.

Proteger a las plantas frente a daños, plagas y enfermedades o apoyar sus defensas naturales. ¿Cuál es la mejor opción?

La salud vegetal es aquel estado de bienestar biológico de una planta que le permite la expresión de su máximo potencial productivo y reproductivo y no meramente la ausencia de daño o enfermedad.

En el caso de las plantas cultivadas, la protección de la salud vegetal se puede entender como el uso de una o varias estrategias orientadas a evitar o reducir los daños al cultivo y a protegerlo de plagas, enfermedades o, incluso, algunas deficiencias nutricionales.

A lo largo de su evolución, las plantas, tanto cultivadas como silvestres, han adoptado diferentes mecanismos para protegerse de condiciones ambientales desfavorables, con mayor o menor éxito.

En el caso de las plantas cultivadas, la adopción de mecanismos de protección frente a condiciones ambientales adversas ha estado condicionada por la acción de mejora vegetal dirigida por el ser humano.

La mejora vegetal ha provocado cambios en algunos de los mecanismos de protección innatos que existían en los precursores silvestres (sustancias antinutricionales, tóxicos, espinas, aromas,…) eliminando, transformando o potenciando a algunos de ellos. Favorecer o no los mecanismos de autoprotección de las plantas cultivadas ha dependido de hasta qué punto favorecían o no los intereses de los seres humanos.

El altramuz (Lupinus mutabilis) es un ejemplo de cultivo que contiene una sustancia poco apetecible para los organismos fitófagos y que se ha conservado porque facilitaba el mantenimiento de un buen estado de salud vegetal. La presencia de esta sustancia en la cosecha no perjudicaba en exceso a su uso ya que  podía eliminarse fácilmente mediante la acción del calor para hacerlo apto para consumo humano y ganadero. Por otra parte, este mismo cultivo también es un ejemplo de como la mejora vegetal puede eliminar las sustancias que favorecen la salud vegetal simplemente para  favorecer los intereses humanos. Existen cultivares mutantes de esta especie, conocidos como altramuces dulces, donde se ha eliminado o reducido  el contenido de estas sustancias para evitar someter a las semillas a la acción del calor y disponer directamente de la cosecha para uso. El cultivar mutante se ha hecho más sensible al ataque de plagas y enfermedades, pero ahora es más fácil utilizarlo.

La salud vegetal de las plantas cultivadas no solo está condicionada por la mejora vegetal, sino que también tiene mucho que ver con el manejo que el ser humano realiza del cultivo. La utilización de herbicidas, plaguicidas, fertilizantes o fertimejorantes, tanto químicos de síntesis como de origen orgánico, es una forma de sustitución de los mecanismos innatos que las plantas cultivadas tienen para mantenerse en buen estado de salud frente a condiciones ambientales adversas de todo tipo. Muchos de estos productos químicos que utilizamos para proteger a los cultivos, acaban sustituyendo o evitando la aparición de mecanismos innatos de autodefensa. La utilización de cultivos transgénicos que incorporan en su código genético la producción de sustancias para mejorar su competencia frente a otras plantas o frente a plagas y enfermedades es solo un paso más en esta sustitución o anticipación a la acción de la mejora “convencional”. El código genético introducido de manera artificial en las plantas transgénicas, generalmente tendrá por objetivo preservar la salud vegetal introduciendo una o varias “armas” bioquímicas nuevas para la autoprotección del cultivo.

ESTRATEGIAS DE DEFENSA CONTRA CONDICIONES AMBIENTALES ADVERSAS.

Desde el punto de vista de su mecanismo de acción, la defensa de las plantas  frente a condiciones ambientales adversas puede agruparse en las siguientes categorías:

  1. Defensa estructural o física.
  2. Defensa bioquímica.
  3. Defensa genética.
  4. Defensa cooperativa.

A diferencia de los animales, las plantas no disponen de células u órganos especializados en la defensa frente a diferentes plagas y enfermedades que les afectan. Puede parecer extraño que las plantas no hayan desarrollado un sistema de defensa similar al de los animales, pero si consideramos la fisiología vegetal y el coste que, en términos energéticos y de recursos propios, supone mantener un “ejercito” especializado en la defensa, tal vez se pueda entender porque las plantas han optado por otros sistemas de protección de su salud.

En lugar de una defensa especializada y en permanente movilización como la que tienen los animales, las plantas optan por una o varias estrategias de defensa que han sido validadas por la evolución en algunos casos y que en otros han sido seleccionadas, a propósito o por conveniencia, por el ser humano.

Algunas especies de plantas cultivadas, como la Chumbera o Nopal (Opuntia ficus-indica) han desarrollado, a lo largo de su evolución natural, una modificación de sus hojas para transformarlas en espinas con objeto de evitar su consumo por parte de los herbívoros y reducir la perdida de agua en su ambiente natural, árido o semiárido. Cuando el ser humano ha tratado de aprovechar a esta especie como cultivo de interés en alimentación animal y humana ha seleccionado variedades a su conveniencia. Por ejemplo, existen variedades en las que se han eliminado las espinas para facilitar el consumo por parte del ser humano (nopal verdura) o los animales. Hay que considerar que, desde el punto de vista energético, la presencia de espinas no supone ninguna ventaja especial para la planta, ya que no sirven para realizar la fotosíntesis y requieren de una serie de recursos materiales que podrían utilizarse, tal vez, de mejor forma en otros lugares.

En otros casos se busca ampliar el rango de cultivo disponible, seleccionando plantas que se adapten a condiciones poco favorables, sencillamente porque no hay mas terreno disponible. Algunos cultivares de plantas de Quinua (Chenopodium quinoa Wild.) se han seleccionado durante siglos para prosperar en suelos con problemas de salinidad debido a las muy particulares condiciones agroecológicas y sociales que restringían su expansión. Solo en tiempos recientes se está produciendo una expansión del cultivo hacia otras latitudes diferentes de su zona tradicional de cultivo y eso debido, casi exclusivamente, a una demanda mundial creciente que no era posible abastecer desde sus zonas de cultivo tradicional.

No siempre la mejora genética elimina o limita los mecanismos de autoprotección de las plantas cultivadas. Los antepasados silvestres del Hinojo (Foeniculum vulgare), presentan una protección bioquímica que se ha mantenido más o menos intacta y que, incluso, se ha potenciado en las variedades cultivadas para mantener unas determinadas cualidades organolépticas (aroma, sabor,…). La conservación de determinadas esencias y aromas en el Hinojo es suficiente como para disuadir a un grupo numeroso de plagas y enfermedades que si afectan a otras plantas hortícolas, pero que no tienen efecto sobre los seres humanos.


A veces la mejora genética incorpora los mecanismos de autoprotección de las plantas de manera artificial, ya sea introduciendo genes nuevos (transgenesis) o seleccionando mutaciones específicas. Los cultivares transgénicos de maíz son un claro ejemplo de como una modificación genética, en este caso artificial, permite soportar determinadas condiciones adversas. Existen cultivares de maíz que, presentan modificaciones en su ADN, tomadas de la bacteria bacillus thuringensis, para expresar proteínas que afectan a la alimentación y desarrollo de algunas larvas de insectos plaga.

Finalmente, algunas especies de plantas, cultivadas o silvestres, son capaces de pedir “cooperación” en la defensa o superación de condiciones adversas. El ataque de un insecto fitófago puede desencadenar la fabricación y liberación de atrayentes de depredadores en un claro ejemplo de cooperación en mutuo beneficio entre planta y animal que se conoce, desde un punto de vista técnico, como alelopatía. El hongo entomopatógeno Beauveria bassiana es capaz de introducirse en el interior de algunas especies de plantas cultivadas (Papaver sonniferum), con efectos muy limitados sobre su desarrollo, a la espera del ataque de algunos insectos plaga. Cuando el insecto plaga intenta alimentarse de la planta que contiene el hongo, consume también al propio hongo que despliega toda su virulencia en el interior del insecto, consumiéndolo desde el interior y destruyéndolo.

No todas las plantas emplean las mismas estrategias de defensa, ni de la misma forma o en todo momento. La opción de utilizar una estrategia, varias o ninguna, depende de si el factor biótico o abiótico está permanentemente en el medio, de si ha sido seleccionado por la evolución o la mejora vegetal o si se vuelve innecesario por el manejo que el ser humano hace del cultivo (plaguicidas, abonado, siembra, plantación, riego, …). En todo caso, el entender como las plantas cuentan con mecanismos de autoprotección frente a condiciones ambientales adversas puede ser muy interesante para dirigir y orientar las acciones de mejora vegetal en interés de los seres humanos.

MECANISMOS DE DEFENSA CONSTITUTIVOS E INDUCIDOS.

Las diferentes estrategias de defensa de las plantas que se han descrito hasta ahora son las opciones de que disponen las plantas, cultivadas o no, para defenderse de condiciones ambientales adversas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que mantener un mecanismo de defensa de forma permanente puede ser costoso para la planta en términos de consumo de energía y recursos, siendo más habitual que este mecanismo de autoprotección se encuentre latente a la espera de su activación por alguna señal o ataque desde el entorno. En otras circunstancias, por conveniencia de la planta, los mecanismos de defensa se encuentran “activos” de manera permanente, ya que los beneficios de hacerlo así son superiores a los posibles inconvenientes para la planta en términos de recursos y energía. Piénsese en el caso de las espinas de las plantas de la familia de las Cactáceas, mecanismo de defensa permanente que, además de reducir la transpiración, disuade del consumo de la planta por parte de las especies herbívoras.

Hay muchos ejemplos de mecanismos de defensa que son permanentes o constitutivos de las plantas cultivadas. El Hinojo mantiene una serie de aromas y olores que repelen permanentemente el ataque de algunas plagas y enfermedades e, incluso, mejoran la competencia por el espacio frente a otras plantas. La Chumbera o Nopal, cuenta con espinas que disuaden del eventual consumo de la planta por parte de los herbívoros. El altramuz amargo, mantiene muchas sustancias antinutricionales que disuaden a muchas plagas y enfermedades. Algunas especies del genero Salvia exudan por sus raíces una serie de metabolitos (1,8 cineol y alcanfor) que inhiben el desarrollo de algunas plantas competidoras como la avena común o silvestre (Avena fatua) y otras especies de los géneros Bromus o Festuca o, visto desde otro punto de vista, favorecen la germinación de sus semillas frente a las de las plantas competidoras.

Ejemplo de defensa estructural inducida en la que se genera una capa de corcho entre las zonas sanas e infectadas de la hoja.
Figura 1: Ejemplo de defensa estructural inducida en la que se genera una capa de corcho entre las zonas sanas e infectadas de la hoja. CL=Capa de Corcho; H=Zona foliar sana; I= Zona foliar afectada; P=Felógeno

En cuanto a los mecanismos de defensa inducidos, también existen muchos ejemplos de respuesta de las plantas frente a agentes bióticos y abióticos. En algunos casos la voz de alarma la dan una serie de factores bióticos, procedentes de la propia planta o del huésped o abióticos como pueden ser la aparición de heridas, intoxicaciones, quemaduras, etc, actuando de una forma similar a como lo hacen los antígenos que desencadenan la respuesta inmunitaria en los animales. Es muy frecuente que la alarma se produzca por la acción de unos “mensajeros” bioquímicos, en algunos casos muy específicos, llamados elicitores que provocan la síntesis y acumulación de unas sustancias denominadas fitoalexinas en el huésped con objeto de detener su progreso a través de la planta o provocarle algún tipo de efecto adverso. En otras ocasiones, cuando se produce una herida o se rompe la pared celular de la célula vegetal, se ponen en contacto uno o varios enzimas con uno o varios substratos para fabricar una sustancia que tenga un efecto inhibidor o disuasorio frente al ataque de un agente patógeno, generalmente un insecto o una bacteria.

Como puede verse, la defensa de las plantas es muy flexible y, en algunos casos, incluso más compleja que la que pueden tener los animales. Existen múltiples combinaciones entre las diferentes estrategias de defensa y mecanismos de defensa que se han localizado en la bibliografía consultada.

Combinación de estrategias y mecanismos de defensa que aparecen en la bibliografía (elaboración propia).
Diagrama 2: Combinación de estrategias y mecanismos de defensa que aparecen en la bibliografía (elaboración propia).

Los plaguicidas, tanto orgánicos como de síntesis, se introducen y pueden llegar a sustituir los mecanismos de defensa innatos de las plantas, en la mayoría de los casos induciendo una estrategia de defensa bioquímica, pero sin potenciar o favorecer el despliegue de otras estrategias de defensa en muchas ocasiones. La utilización de rotaciones o combinaciones de cultivos, típica de la agricultura orgánica o ecológica pero también muy frecuente en la agricultura más convencional, es otra forma en que se pueden utilizar los mecanismos de defensa naturales de las plantas utilizando mecanismos de cooperación y mutua protección entre diferentes especies de plantas, aunque no sean simultáneos en el tiempo.

Si el objetivo es una agricultura más sostenible y sustentable, con mayores y mejores producciones de alimentos, entonces investigar y desarrollar productos para preservar y mantener la salud vegetal pasa por introducir, potenciar y preservar las diferentes estrategias de defensa presentes en las plantas cultivadas, ademas de desarrollar mecanismos específicos para su propia protección.

Las alternativas existen, solo hay que saber utilizarlas y potenciarlas.